viernes, 27 de diciembre de 2013

[Crítica ] El Hobbit: La desolación de Smaug


Es curioso como es tradición que cada Navidad haya un estreno gordo en los cines. Una película presupuestada en cientos de millones de dólares, con lo último en tecnología y que además suele ser la adaptación de una conocida obra literaria (ya sea El señor de los Anillos, Harry Potter, Soy Leyenda o las Crónicas de Narnia por poner ejemplos de los últimos diez años). Estas películas se me recuerdan un poco a las típicas comidas de Navidad, esos encuentros familiares o entre amigos a los que hay que ir porque manda la tradición. Y es que, al igual que tenemos que ir a esos banquetes, la mayoría de la gente va al cine en estas fechas por tradición.

Enfrentarse a las películas de El Hobbit se me antoja como uno de los casos más claros de banquetes cinéfilos en toda la historia del cine. Esta segunda parte es una película que, sin duda, arrastrará a hordas de personas al cine más cercano para vivir lo que deberían ser unas sencillas y simpáticas aventurillas fantásticas de un grupo de enanos. Pero no, Peter Jackson, dueño y señor de la Tierra Media decidió hipertrofiar la historia y crear algo mucho más grande, costoso y lujoso.

La experiencia de ver El Hobbit es exactamente igual a la experiencia de enfrentarse a una opípara cena de nochebuena en una gran familia. Primero, la mesa se viste con los últimos grandes lujos; cubertería de plata, candelabros con velas de colores, servilletas rojas de tres capas y con motivos navideños, copas de cristal fácilmente rompible y platos y bajoplatos cuadrados (¡son la última moda!) en un desfile de utensilios para comer que solo se produce esa noche del año). Todo es muy bonito, de factura impecable como lo son la fotografía y los efectos especiales de la película. Pero es cuando comienza el desfile de comida delante de un servidor cuando nos damos cuenta del derroche que se produce en ese día: al principio comienzan a pasar bandejas de surtidos ibéricos, deliciosos en su mayoría, para luego pasar a esos canapés rancios que prepara el cuñado y que se basan en cortar el pan de molde en cuadraditos y colocar un poco de mayonesa, una rodaja de huevo cocido y una anchoa pinchada con un palillo. Como es el principio de la cena, uno arrambla con todo y devora con emoción todo lo que tiene delante. Luego viene el platito de jamón con sus picos, las gambitas y la tabla de quesos variados y seguimos sin hacerles asco a nada, llenando nuestro estómago con esos picos que no saben a nada pero que nos los comemos porque es lo mejor que se puede tomar enrollándole una lonchita de jamón alrededor. Luego aparecerán los huevos rellenos de tu abuela, que nunca deben faltar, y esos experimentos con la túrmix de tu prima: unas tostaditas con algo de color marrón por encima que parece paté y, por norma general, suele llevar mejillones. No te convence pero tienes que probar de ello también. Pero es ahora, cuando ya comienzas a estar lleno, cuando llega la verdadera bomba en forma de los platos estrella que tu madre, tu abuela y tus tías han preparado. Aquí te encuentras con sorpresas de todo tipo: desde unas salchichas al vino riquísimas hasta un pavo al horno reseco de esos que se te quedan pegado al esófago, pasando por esos pimientos rellenos de carne cubiertos con bechamel. Aquí tu estómago ya dice- ¡basta! ¡no puedo más!- pero tienes que comer por cojones, porque tu tía, tu madre y tu abuela te están mirando y sabes que si no devoras como si no hubiese mañana ese plato que te han puesto delante y que podría alimentar a tres tribus de Burkina Faso, renegarán de ti como miembro de la familia y estarás condenado al destierro.

Bien amigos, pues ver las películas de El Hobbit de teja con esa misma sensación. La sensación de estar demasiado lleno, de que sobra demasiado y de que con la mitad todo habría sido mucho más ligero y cómodo. Es cierto que tanto sobre la mesa de la cena de Navidad como en las películas dirigidas por Peter Jackson hay algunos platos que son auténticas delicatesen de primer nivel. Bocados deliciosos que quedan empañados por la sobreabundancia que ya te han llenado.

Cada año recibimos con mayor o menor ilusión la llegada de esa cena y cada año al día siguiente, con la pesadez en el estómago y comentando el descomunal paseo de comida por nuestros estómagos nos decimos a nosotros mismos “que nos quiten lo bailao”.

A Peter Jackson aún le queda por servir el postre. El colofón final al banquete y que esperamos que sea una digestiva mousse de limón acompañada de un rico licor digestivo que nos ayude a bajar la pesada carga que se aloja en nuestras barrigas en lugar del típico y pesado postre hecho con restos de turrón de años pasados.